«Las personas con inteligencia emocional tienen menos niveles de burnout»

Por febrero 3, 2016julio 7th, 2016BLOG

Pablo Fernández-Berrocal. Es Catedrático de Psicología. Director y fundador del Laboratorio de Emociones de la Universidad de Málaga, es vicepresidente de la International Society for Emotional Intelligence. Recientemente ha coordinado junto a un grupo de expertos españoles un libro titulado De la neurona a la felicidad, en el que se presentan diez propuestas desde la inteligencia emocional.

Entrevista realizada por Rocío Celis (Radio El Día)

Hace veinticinco años apareció en la literatura científica el concepto “inteligencia emocional”. Luego, con el bestseller de Daniel Goleman (Inteligencia Emocional, 1995) lo conoció el gran público. A día de hoy ¿qué se entiende por inteligencia emocional?

Del mismo modo que aplicamos nuestra inteligencia al ámbito verbal y tenemos lo que se llama la inteligencia verbal; o tenemos una inteligencia matemática cuando la aplicamos al mundo de los números; o personas que se orientan muy bien espacialmente y decimos que tienen una gran inteligencia espacial o que tienen un gran dominio de su cuerpo como los deportistas…, las personas que saben sacar el máximo rendimiento al mundo de las emociones entendemos que tienen una alta inteligencia emocional. Los autores que inventaron el concepto y lo publicaron en 1990, entienden la inteligencia emocional como un conjunto de habilidades, de capacidades que van desde lo más simple
-en teoría, porque también tiene su complejidad- que es la percepción y expresión emocional, hasta lo más complejo: cómo regulamos las emociones. De forma que la inteligencia emocional implica ese conjunto de habilidades que van desde percibir, comprender y regular las emociones en un doble eje. Por un lado, en mi mundo emocional, es decir, cómo percibo, comprendo y regulo mis emociones. Por ejemplo: esta mañana estaba triste. Bien, ya sé que estoy triste. ¿Por qué estoy triste? ¿Cómo va a evolucionar mi tristeza? ¿En qué se convierte? Yo ya me conozco, sé que estoy triste pero me dura cinco minutos. O no, la causa de esa tristeza es algo que hará que me dure más tiempo. Pero tengo un trabajo muy importante que hacer esta tarde, no puedo permitirme estar triste. ¿Qué hago? ¿Cómo puedo modificar mis estados emocionales? Y por otro lado, un ámbito interpersonal, más social. Igual que yo me conozco a mí mismo emocionalmente, me comprendo y soy capaz de cambiar mis emociones, ¿puedo hacerlo igual con los demás? ¿Con mis compañeros de trabajo, con mi pareja, con mis hijos…?
¿Sé cómo se sienten sin preguntarles explícitamente, simplemente viéndolos? ¿Y si sé que mi compañero de trabajo está enfadado conmigo, sé cómo va a evolucionar ese enfado? ¿Soy capaz de conectar emocionalmente con él y predecir sus estados emocionales? Imaginemos que estamos trabajando juntos y que estamos enfadados, y no puedo permitir que ese enfado siga más tiempo porque va a ser un problema laboral, ¿soy capaz de cambiar el estado emocional de esa persona?

¿Y por qué es tan determinante?

Desde los últimos veinticinco años, lo que han hecho diferentes laboratorios de investigación en todo el mundo es ver cómo estas habilidades son determinantes en ámbitos diferentes de la vida cotidiana y profesional. Hay estudios que muestran –y algunos de ellos vienen recogidos en el libro De la neurona a la felicidad- cómo las personas con más capacidad para percibir, comprender y regular sus emociones tienen mejor salud mental y física. Por ejemplo, tienen menos niveles de depresión y de ansiedad. No se sabe muy bien la causa todavía, se sabe que hay una relación y que siguen en general conductas más saludables. En el ámbito de la pareja hay estudios que demuestran que las parejas con más inteligencia emocional tienen una vida sexual y emocional mejor, y sus relaciones con los hijos son menos conflictivas. En el ámbito laboral hay una línea de investigación sobre cómo afecta al liderazgo, al trabajo en equipo, a las ventas o al rendimiento laboral. En estos veinticinco años se ha extrapolado a muchísimos dominios de investigación. En los años noventa alguien podía haber hecho una tesis y leerse en unos meses lo que había publicado sobre inteligencia emocional. Ahora mismo es imposible hacer una tesis sobre inteligencia emocional, hay que hacerla sobre un subtema superespecífico porque las investigaciones sobre adultos, niños y adolescentes salen a diario. Por ejemplo, otro campo superinteresante en el que se ha desarrollado la inteligencia emocional es el ámbito escolar. ¿Debe la escuela incluir la educación de las emociones? Hoy en día tenemos ya evidencias suficientes como para saber que una escuela que no incluya la educación explícita de las emociones, está en desventaja para los retos que tienen nuestros chicos y chicas en el siglo XXI.

El libro, en cuya coordinación usted ha participado, invita a un recorrido desde “la neurona a la felicidad”. ¿Cómo influyen las emociones en el pensamiento y viceversa?

Este libro se llama De la neurona a la felicidad porque va de lo micro a lo macro. Va desde lo micro porque hay un capítulo sobre el cerebro emocional muy interesante. Es un tema todavía poco conocido por el gran público, aunque en el ámbito académico ya lleva tiempo. Nosotros tenemos la idea de que nuestro cerebro, cuando toma decisiones, lo hace de una forma logicista, de una forma puramente racional, desde una racionalidad muy cercana a la racionalidad de Descartes: “Pienso, luego existo”. Y este tipo de investigaciones de profesores como LeDoux (Joseph LeDoux) y Antonio Damasio -Premio Príncipe de Asturias-, lo que han intentado reivindicar es la sabiduría de las emociones. Las emociones las tenemos no por un error de diseño, no como algo que se ha quedado ahí de nuestro pasado animal, sino que son el sistema más rápido para generar conductas adaptativas en un mundo en donde todo ocurre superrápido y en el que hay que estar respondiendo en milisegundos. La idea clásica en nuestra cultura desde Descartes –y desde mucho antes- y la que estudian nuestros alumnos en el instituto es: “Cogito ergo sum” (“Pienso, luego existo”). Y estas investigaciones lo que han planteado es que eso está muy bien, pero se nos olvida que también –y eso lo hace Antonio Damasio- podríamos resumirlo en: “Siento, luego existo”. Respondiendo a la pregunta de cómo

influye el pensamiento en las emociones y las emociones en el pensamiento, lo que estos autores han descubierto es que no es posible separarlos. Cuando estamos haciendo una tarea o tomando una decisión: si compro un producto “A” o “B”, si voy a trabajar en un sitio o en otro, si me voy a casar con una persona…, son decisiones que no se puede decir que se estén haciendo solo desde el pensamiento o desde la emoción, sino que estamos tomándolas de forma conjunta. A lo que se ha dedicado la inteligencia emocional y muchos científicos que trabajan las emociones, es a intentar ver cómo interaccionan nuestros procesos de toma de decisiones y nuestros procesos emocionales.

¿Qué distingue a las personas emocionalmente inteligentes?

Desde nuestro punto de vista a veces se confunden. Hay mitos sobre lo que es ser inteligente emocionalmente que se confunden con otro tipo de características. Por ejemplo, las personas piensan: la gente buena tiene más inteligencia emocional que la gente mala. Es decir, la bondad y la inteligencia emocional estarían relacionadas, y no es así necesariamente. Hay personas que tienen inteligencia emocional y la utilizan para hacer daño. Nosotros intentamos separar unos temas de otros y para ello hemos desarrollado instrumentos. Estos instrumentos definirían a una persona con alta inteligencia emocional cuando es capaz de percibir y expresar muy bien sus emociones; cuando se comprende muy bien emocionalmente; cuando conecta bien con otras personas -lo que se llama empatía-, es decir, es capaz de ponerse en el lugar de otra persona y predecir lo que va a sentir una persona determinada en un contexto concreto. Y es alguien capaz también de regular adecuadamente sus emociones, sabe llevar sus emociones hacia ciertas metas y objetivos, y pone las emociones al servicio de sus objetivos. Esto es fácil decirlo, pero es muy complicado. Y luego hay personas que logran hacer esto en otras personas. Es decir, tienen personas a su alrededor que están desanimadas, abatidas…, y son capaces de subirles su estado emocional, su estado de ánimo.

¿Qué relación existe entre la inteligencia emocional y el rendimiento en las empresas?

Hay muchísima investigación actualmente. Pongo un ejemplo reciente. Se ha descubierto por varias investigaciones en Estados Unidos que casi el 25% de los médicos internos residentes tiene depresión clínica. Y que cuando se compara su rendimiento con los compañeros y compañeras que no tienen depresión, los que sí tienen depresión cometen seis veces más errores en el diagnóstico y en la prescripción de medicinas. Eso es un gasto terrible, primero en bajas laborales, en el daño personal que se produce para ellos y en los errores médicos que este colectivo está provocando en sus pacientes. Esta depresión está vinculada con lo que se llama en el ámbito de las organizaciones el burnout, el síndrome de estar quemado por el desgaste de las exigencias del trabajo, que en este caso no están bien diseñadas. Habría que repensar cómo está diseñado el trabajo de los médicos, del personal sanitario en los hospitales. Se sabe por otras investigaciones que las personas con inteligencia emocional tienen menos niveles de burnout. Hay mucha evidencia sobre cómo la inteligencia emocional influye en la salud de los trabajadores, en su rendimiento y, por supuesto, en los usuarios o clientes de esa empresa.

Uno de los capítulos escrito por usted y Natalio Extremera se centra en la inteligencia emocional y la felicidad. Y sobre el famoso título de Marinoff, Más platón y menos prozac, ustedes han hecho un juego palabras y proponen un cambio: Más Aristóteles y menos prozac. ¿Qué diferencia una propuesta de la otra?

Para alcanzar la felicidad desde la visión de Platón hay que ser un filósofo, hay que tener un nivel intelectual increíble. Para Aristóteles, que era más práctico que Platón, la felicidad está centrada en desmitificar primero las razones por las que creemos que somos felices. La mayor parte de los mortales creemos que la felicidad depende de los genes, de dónde hayas nacido, del azar, de que tengas dinero o no tengas dinero…, y la investigación actual en Psicología Positiva ha mostrado que no es así. Pero eso, ya lo había dicho Aristóteles: la felicidad de las personas depende de la virtud de sus acciones, de la inteligencia de sus acciones, de cómo gestiones tus emociones. Y por eso hemos elegido a Aristóteles.

Y como científico de la inteligencia emocional y el bienestar, ¿ha descubierto ya cuál es el secreto de la felicidad?

(Risas) El secreto de la felicidad es que no hay ningún secreto. Es una lucha diaria. Lo que sí es muy interesante de este libro y lo que el gran público tiene que saber es que, a veces, donde buscamos felicidad no la vamos a encontrar. A veces nos fijamos objetivos que cuando los conseguimos nos damos cuenta de que no nos van a hacer más felices, por ejemplo, ganar más dinero o tener una casa más grande. Todo lo que está centrado en lo material -obviamente a partir de un cierto nivel, que eso también la investigación lo ha mostrado: si alguien no tiene unos niveles mínimos para una vida digna es difícil ser feliz.- Pero una vez que tienes esos niveles mínimos, incrementarlos no aumenta la felicidad. Y en cambio, sí la aumenta el agradecimiento, el perdón, el amor, las relaciones sociales… Muchas veces los dejamos de lado para conseguir esos otros objetivos materiales, no tenemos tiempo suficiente para estar con los amigos, la pareja, los hijos… porque hay que trabajar más horas para conseguir más, más y más. Es muy interesante reflexionar sobre qué es lo que quiero y qué estoy dispuesto a pagar por ello.

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