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Sonia Díez: «Para aprender durante toda la vida tienes que conservar la curiosidad»

 

Es miembro del Comité Científico del Instituto para la Formación e Investigación de Naciones Unidas. Desde ahí, Sonia Díez promueve una educación alineada con los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Hija de una maestra y un maestro, creció siendo consciente de la trascendencia de la educación. Graduada en Educación y Psicología, y doctora en Ciencias Económicas, está reconocida como una de las 25 personas más influyentes en el ámbito educativo en España. Su enfoque de la educación lo recogió en un libro titulado EducAcción [Editorial Deusto].

Rocío Celis. Periodista y socióloga

 

 

¿Por qué no le convence nuestro modelo educativo?
Criticar el modelo educativo actual es muy fácil, prácticamente no ha cambiado en los dos últimos siglos. Una educación basada en principios y horizontes de hace dos siglos, agrupando a los alumnos por bloques de edad, por número determinado, organizando las materias de forma secuencial como si fuera un contenido que uno tiene que deglutir pero no interiorizar…, esto es lo que tenemos en los colegios. Es decir, un profesor para un determinado número de alumnos, y no más ni menos, ni dividido en tiempo de calidad o de intensidad diferenciada. Todo esto contrasta radicalmente con el mundo en el que vivimos y en el que la personalización es absoluta. Los ciudadanos somos diferentes, no pertenecemos a categorías únicas. A esto agregamos un mundo en continuo cambio con niveles de incertidumbre extraordinarios y alumnos cada vez más infantilizados, es decir, sin voz, sin canales de participación. No será culpa de nadie, pero es culpa de todos un poco que nuestro sistema educativo sea para un mundo que ya no existe.

Porque para usted, ¿qué es educar?
Acompañar a nuestros niños y jóvenes hacia una orientación de posibilidades que ofrece un futuro que todavía está por determinar. El futuro tiene unos condicionantes que vendrán dados por la climatología, el lugar donde vivimos, la condición económica, la geopolítica… Pero hay unas condiciones fundamentales: la capacidad de que cada niño/a pueda transformar el mundo en el que vive y le acompañe toda una comunidad para sostener esos nuevos horizontes. Educar es acompañar y también organizar los recursos de los que disponemos y que ellos puedan necesitar.

¿Qué cambiaría entonces con urgencia de nuestro sistema educativo?
Lo primero que hay que hacer es flexibilizar en sentido amplio: los itinerarios, los grupos, los lugares de aprendizaje… Actualmente, hay niños que vienen de otros países que, por ejemplo, viajan con sus padres por razón del teletrabajo y se encuentran con un sistema absolutamente rígido. La fórmula del homeschooling (educación en casa) no se ha explorado nada en España, pero en el mundo hay comunidades inmensas de familias que están haciendo una labor extraordinaria y obteniendo resultados extraordinarios porque hay otras formas de articular el sistema educativo que no pasa necesariamente por la escolarización. El aprendizaje es necesario, la escolarización no. Esto que parece muy disruptivo es algo que ya está naturalizado en cantidad de países.

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La segunda cosa que hay que cambiar es la aproximación a la resolución de problemas reales. Los alumnos de secundaria y bachillerato deberían tener un tiempo de aprendizaje-servicio orientado a resolver retos reales del mundo en el que vivimos. Del mismo modo que les dejamos con herramientas tecnológicas muy potentes para hacer algunas cosas que nos les benefician, es necesario que también puedan utilizarlas para resolver cuestiones y generar impacto en el medio ambiente, en el desarrollo sostenible, e incorporar su talento y su conocimiento, y sobre todo su anhelo de permitir que nuestras sociedades crezcan en un mundo mejor. Ese impulso positivo para cambiar las cosas es absolutamente preciado y valioso.

Y la tercera sería la flexibilización de la función docente. Hay muy buenos docentes, buenísimos docentes, que están atrapados literalmente en una profesión que no ofrece las posibilidades de desarrollar esa vocación fundamental por la que entraron en este oficio, que se han convertido en meros instrumentos de un programa en el que se les exige seguir con una secuencia determinada y de forma aburrida, tediosa y poco gratificante. Yo diría «salvad a los profesores». El desánimo existe y se transmite dentro del aula, pero esta desidia nace del maltrato que ha recibido la grandeza de la vocación docente que es entregarse en cuerpo y alma para que un alumno consiga sus mejores expectativas. Esto es muy difícil hacerlo cuando uno solo se rige por un programa porque no hay ningún estándar que se ajuste a las diferencias individuales de cada alumno.

 

«La IA no es una opción; no verlo sería un error. Los educadores tenemos que estar en primerísima línea tomando apuntes»

 

¿Cómo contempla los acelerados avances de la inteligencia artificial aplicados a la educación? ¿Con más entusiasmo? ¿Con más cautela?
Como una realidad. Fui una de las primeras en suscribirme para saber cómo funciona ChatGPT. Lo que no podemos hacer los educadores es tener posiciones radicales o renunciar a algo sin saber exactamente de qué estamos hablando. La inteligencia artificial (IA) es algo muy importante que está sucediendo ya y en tan solo unos meses ha conseguido cambios espectaculares. Hace unas semanas estuve en la Universidad de Harvard viendo cómo los docentes están aplicando en el aula los programas de IA para mejorar el aprendizaje de los alumnos y esa mejora es abismal. Llegas a preguntarte si con ese grado de «buenos instructores» hacen falta algunos malos profesores en el aula. Y no querer ver esto, por mucho que parezca una verdad incómoda, nos aleja de la realidad y deja que vengan tecnológicas o cualquier otro sector a colonizar ese espacio. Si se puede aprender bien cierto tipo de contenidos con inteligencias artificiales que se adaptan a tu estilo cognitivo, a un itinerario en función de tus capacidades, a tus intereses…, y encima son muy baratas o gratis, entonces tendremos que pensar cuál es el valor añadido que puede aportar el profesorado para que el aprendizaje del alumno destaque no solo por el contenido sino también por otros factores que hacen que exista satisfacción, motivación, incentivo, sentido de comunidad o aplicación del aprendizaje. La IA no es una opción, está aquí y está para quedarse. No verlo sería un error. Los educadores tenemos que estar en primerísima línea tomando apuntes y no perder ni una sola oportunidad.

¿Cuál sería ese valor añadido que podría aportar el profesorado?
El profesorado es el elemento más humano de la educación junto con los padres, las familias y la comunidad. Es el elemento profesionalmente mejor dotado y más fiable para el acompañamiento en el aprendizaje de contenidos y actitudes. Y si no lo es, debería de serlo. ¿Por qué digo esto? Porque si no lo es, deberíamos evaluar la carrera docente para que el profesorado sea un gran coach, un gran entrenador en habilidades humanas, en valores que permitan que nuestras sociedades crezcan hacia un futuro de esperanza, de forma orgánica, inclusiva, generosa, compasiva con uno mismo, con las demás personas, con el medioambiente, con el planeta. Ese debería ser el profesor, el que marcara los límites de lo que es hacer las cosas bien, y hacer bien el bien.

Le he leído que «la empresa es una gran aliada de la educación» ¿Por qué la empresa es tan importante para progresa en la «Educación de calidad» que presenta
el ODS 4?

La empresa tiene como fin último generar valor y tiene la obligación de ganar dinero. Una empresa tiene que ser rentable y hacer inversiones cabales que generen respuesta a una necesidad del público —productos o servicios—, pero la forma en que la gestiona tiene que generar un excedente de riqueza que pueda producir bienestar. La empresa por definición tiene una orientación pragmática. El mundo académico tiende a estar muy separado del mundo productivo, excepto en los casos de la formación profesional que ahora está en auge. El mundo académico tiene que aprender del mundo productivo la exigencia de justificar el impacto que produce y los resultados que obtiene. El ámbito académico ha estado midiendo los resultados exclusivamente a través de test de los alumnos y en función de esto se es mejor o peor centro educativo. Y, quizás, hay que empezar a medir el impacto que generan sus alumnos, esto es una condición muy diferente. Yo siento verdadera admiración y vocación científica, pero es verdad que esa aplicación práctica con una medición pública y justificada de los resultados es fundamental, y ahí creo que la empresa es un gran aliado tanto para actividades como para desarrollar proyectos de manera conjunta.

¿Somos conscientes los profesionales de la necesidad de estar educándonos durante toda la vida, como dice el ODS 4?
Creo que no somos conscientes porque todavía estamos en una generación de tránsito. Los que ya tenemos una edad en la que tuvimos nuestro periodo formativo y nos hemos metido de lleno en una etapa ejecutiva-productiva, seguimos viviendo el momento siguiente que es el de la jubilación. Pero ese «aprender para toda la vida» va a estar íntimamente relacionado con la irrupción de la IA y las necesidades del mercado laboral, por ejemplo, desaprender para volver a cambiar de profesión. Entonces, en vez de tres etapas en la vida, serán tres etapas sucesivas durante cuatro o cinco veces a lo largo de la vida. El «aprender para toda la vida» tiene la característica fundamental de que tienes que conservar una condición muy importante: la curiosidad —como dice mi amiga Teresa Viejo—. Esa necesidad de cultivar e incentivar en nuestra propia vida el ser curioso, avanzar unos metros por delante de lo que puede ser el siguiente salto en tu vida. El aprendizaje para toda la vida va a cambiar en la medida que cambie el entorno laboral y va a ser de forma muy natural porque para esto sí que está preparado el sistema educativo, para ofrecer una diversidad amplísima de pasarelas de acceso a distintas formaciones.

Usted ha emprendido en el terreno educativo. ¿Nos da algún consejo?
El único consejo que puedo dar es que, pase lo que pase, midamos siempre la satisfacción dentro del proceso de aprendizaje: satisfacción personal, satisfacción del usuario y satisfacción también del entorno y el contexto en el que se aplica ese proceso de aprendizaje. Si los aprendizajes que estamos generando no compensan porque nuestros jóvenes están desatendidos, desorientados, deprimidos o aislados, entonces es que algo estamos haciendo mal. Así que midamos bien la satisfacción en función del impacto que produce y entonces estaremos tomando buenas decisiones siempre.

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