«El valor añadido a las empresas lo aportan la inteligencia emocional y la resiliencia»

Por febrero 4, 2016BLOG

Rafaela Santos es Presidenta del Instituto Español de Resiliencia, de la Fundación Humanae y de la Sociedad Española de Especialistas en Estrés Postraumático. Estudió medicina y se especializó en Psiquiatría, doctora en Neurociencia. En 2013 escribió Levantarse y luchar, cómo superar la adversidad con la resiliencia que recibió el Premio KnowSquare al mejor libro de empresa.

Entrevista realizada por Rocío Celis (Radio El Día)

¿Qué es la resiliencia?

En líneas generales es saber afrontar la adversidad de una forma constructiva, o sea, es no tener miedo y crecerse en las dificultades porque tenemos el potencial dentro. Es la capacidad humana de asumir lo adverso, la dificultad, los problemas de la vida…, sin miedo.

Usted habla de cuatro etapas en el proceso de resiliencia. ¿Qué etapas son esas?

Como la vida va tan deprisa ahora las he resumido en tres. La primera es aceptar la realidad. Cuando una persona no acepta se queda enganchada en “¡qué mala suerte!” “¿por qué me ha pasado esto a mí?…”, y eso es terrible porque es lo opuesto a ser resiliente. La primera etapa es aceptar la adversidad. En segundo lugar, una vez que se acepta, uno ya tiene capacidad de adaptarse, de ser flexible, de decir: he perdido algunas cosas que tenía, pero aunque sean muy importantes, hay vida después. Cuando la gente dice “con esto yo no voy a poder”, realmente no puede. Yo como psiquiatra siempre digo que cuando una persona se plantea “voy a poder con esta situación”, busca los recursos que tiene para poder crecer, sobreponerse y seguir siendo productiva. Cuando dice “no puedo, no puedo, no puedo” realmente es que no hace nada y se queda bloqueada. El segundo paso sería esa adaptación que comprende también la flexibilidad. El último paso sería crecer. Esto es que cualquier experiencia difícil o dolorosa de la vida cuando se supera, le hace a uno mejor. Muchas veces no sabíamos que teníamos esos recursos dentro, en nuestro cerebro, y cuando llegamos casi a tocar fondo, nos crecemos y acabamos siendo mejores. Por ejemplo, en el caso de una empresa, después de superar una crisis normalmente crece y se hace más fuerte. ¿Por qué? Pues porque todo el mundo aprende recursos para mejorar.

¿Por qué lamentarse ante circunstancias difíciles es un freno?

Los seres humanos tenemos dos actitudes ante las dificultades de la vida. Uno puede decir no puedo y caer abatido, o levantarse y luchar que es lo que yo planteo en el libro. Estas son las dos actitudes que tiene nuestro cerebro. Si lo miramos desde la neurociencia, el cerebro viene programado para sobrevivir y para la búsqueda de la felicidad. Estos son los dos objetivos que se propone, por eso, cuando se buscan desde dentro uno tiene los recursos. Pero si una persona no la afronta [la dificultad] y no propone la lucha de superarla, cae abatida. Me he encontrado con casos terribles. En esta crisis, ante un ERE en una empresa te encuentras dos tipos de personas. La que dice “esto que me han hecho es terrible, inmerecido, injusto…”, y culpa a la empresa, a las circunstancias, al Gobierno, a los políticos o a quien sea y ahí se queda enganchada. Y pasa el tiempo y sigue en paro y en lo terrible que le pasó. Sin embargo, en la misma circunstancia, en la misma empresa, hay otra persona que dice “esto es injusto, pero aquí no se va a acabar el mundo”. Y pasa un poco de tiempo, te encuentras con esa persona y te dice “pues mira, gracias a aquello que me pasó, he mejorado, estoy en otro sitio más contento…”, o sea, lo supera. Depende de la actitud de la persona. No está tanto en el problema -que está fuera de uno- sino en cómo yo respondo a eso.

¿Quiere decir que no saber adaptarse es peor que lo que originó la adversidad? Muchísimo peor. La persona que no se adapta, primero sufre el doble y además acaba teniendo que aceptarlo. Si con no aceptar una cosa pudiéramos cambiarla… Pero con lo que nos pasa en la vida –que todos vamos a pasar por situaciones difíciles ya sean laborales, personales, enfermedad, muerte o cualquier adversidad que podamos sufrir- si no lo aceptamos, vamos a estar sufriendo inútilmente el doble porque al final tenemos que aguantarnos. En cambio, la persona que acepta desde el primer momento, se crece y mejora.

¿Nuestra capacidad de superación tiene límites? Y si los tiene, ¿dónde están esos límites?

Desde la neurociencia estamos buscando los límites del cerebro y cada vez vemos que es un motor insospechado, tenemos muchísima más capacidad de la que imaginamos. Siempre pienso que ojalá la vida no nos pida lo que podemos soportar o sufrir porque tenemos muchísima mayor capacidad de fortaleza de lo que imaginamos. El cerebro tiene un potencial –yo pienso- casi infinito. En la medida en que vamos superando retos, vemos que el siguiente tiene que ser más grande porque si no ya no hay reto. Eso te lo dicen todas las personas que afrontan la vida con resiliencia. El cerebro tiene un potencial mucho más grande, lo que pasa es que del cerebro todavía sabemos poco. En los últimos diez o quince años, a través de los ordenadores podemos llegar a conocer mucho más, pero piensa que hasta el año 2000 o hasta 1995 –que es ayer por la tarde- no podíamos estudiar el cerebro en vivo, lo estudiábamos post mortem. En cambio ahora, a través de técnicas de resonancia magnética funcional se puede ver cómo responde nuestro cerebro a los retos.

¿Cómo son las personas resilientes?

Tienen un perfil envidiable, yo he aprendido mucho de ellas. Son personas que saben tener una motivación muy clara en la vida, saben dónde quieren llegar aunque sea a largo plazo. A esto –que estoy estudiando en estos últimos años- yo le llamo la “motivación esencial”, que es darle sentido a todo lo que les pasa, incluso al sufrimiento. Una persona que para mí ha sido un maestro, Viktor Frankl, decía que lo que daña al hombre no es el sufrimiento en sí, sino no encontrar sentido a eso. Imagínate una madre que por un hijo es capaz de hacer lo que sea con tal de que su hijo no sufra o con tal de sacarlo adelante, y sin embargo no se siente desgraciada o una víctima, sino que se está sintiendo importante en ese reto que se ha puesto. Pues las personas de la resiliencia tienen esa motivación de fondo que enseguida dicen “todavía no ha salido esto, pero ya saldrá” o “esto ha salido mal, pero donde se cierra una puerta se abre una ventana”. O sea, quieren llegar hasta el final de sus objetivos y no se cansan, y ahí tenemos muchos ejemplos.

¿Eso es lo que usted llama convertir un trauma en un estímulo?

Exactamente, eso es. Ante el trauma no se paran, ante una adversidad no se paran porque dicen “esto es parte de la vida y sé que tengo capacidad de poder superarlo”. Esta es una de las capacidades que tienen las personas resilientes. Luego tienen una gran confianza en sí mismos. Piensan: “soy capaz de sufrir esto. No me siento una víctima, soy protagonista de mi vida”. También se apoyan en los demás, no son personas individualistas que lo quieren sacar todo adelante ellas solas. No no, buscan apoyos en la familia, en amigos…, y además valoran mucho tener esos vínculos estables que les ayudan. Cuando nos encontramos con niños que han sido maltratados o personas…, pues hace falta que encuentren en la vida a lo mejor un maestro si no tienen familia -un tutor resiliente lo llamamos-. Es buscar un punto de apoyo, esta es una necesidad del ser humano. Las personas resilientes también son optimistas, gente que tiene sentido del humor, que no llaman fracaso al error, que desdramatizan las situaciones, que buscan soluciones… Y otra cosa más que me viene a la memoria es el afán de no crecer solos, de ayudar también a otros. Ese altruismo es muy propio de la persona resiliente que tiene un fondo ético muy coherente al decir: “en la vida todos nos ayudamos unos a otros”.

Usted afirma en su libro que no tenemos que entrenarnos para el éxito. ¿Por qué es un error educar para el éxito?

Porque los seres humanos somos personas muy corrientes, o sea que todos tenemos errores en la vida. Pensar que una persona va a ser perfecta sí que es un grave error. En esta sociedad de hoy en día muy competitiva, generalmente los padres quieren que sus hijos triunfen y entonces los educan para que sean mejores, para que puedan llegar a lo máximo. Y en esa educación lo que vemos es que el chaval, con tal de no defraudar a sus padres, no se propone retos grandes sino solamente en lo que es capaz de demostrar éxito. En cambio, cuando a un niño se le premia o se le felicita por el esfuerzo, cada vez se reta a sí mismo para demostrar que puede con más. En este sentido, yo creo que hay que educar para quitar importancia al fracaso, que yo le llamo error. No me gusta llamarle fracaso porque es muy duro. Decir: “esto no ha salido” o “me he equivocado”, relativamente tiene poca carga psicológica. Si uno dice “he fracasado” y mucho más todavía, “soy un fracaso”, eso es terrible. Hay que educar para darnos cuenta de que la vida es una conjunción de error-éxito. Y que en la vida, cuando una persona llega a un éxito es porque ha tenido también previamente muchos fracasos. No hay que dar tanta importancia.

¿Y este planteamiento trasladado al mundo empresarial? ¿Cuál es el poder de la resiliencia en el entorno laboral?

Es impresionante. Fíjate que la época que hemos pasado, estos años de crisis –y todavía, aunque parece que ya estamos saliendo adelante- es consecuencia de que el mundo se ha hecho muy incierto, muy vulnerable y hay que saber coger las olas para que no te pillen de frente y te golpeen. Saber navegar lleva consigo ser resiliente. Uno ve venir las dificultades, no les tiene miedo y va aplicando la actitud de la resiliencia a la empresa. Esto trae muchos beneficios porque la resiliencia aporta crecimiento a las personas, y a la empresa le aporta resultados que es también crecimiento en los beneficios. ¿Por qué? La empresa está formada por personas y si esas personas tienen este carácter, esta actitud ante la vida que la debe promover la propia empresa, harán que sean unas organizaciones donde promueven que los individuos crezcan, que tengan flexibilidad, que puedan tener reconocimiento en sus logros y que se desarrollen. Todo esto va dando mejores resultados. Las empresas tienen que cambiar. De ser esas empresas que eran como grandes buques tienen que aprender a navegar siendo mucho más flexibles y teniendo líderes, jefes que sean resilientes, o sea que tengan esta actitud ante la vida. Hace relativamente poco tiempo las empresas solo se fijaban en las competencias técnicas, y hoy día se sabe que un alto porcentaje de los resultados y de la toma de decisiones es emocional. Esto se puede educar y desarrollar junto a las competencias técnicas que lógicamente son la base. El valor añadido a las empresas lo aportan la inteligencia emocional y la resiliencia.

Un comentario

  • El valor añadido a las empresas que ha considerado la Dra.Rafaela Santos, me parece extraordinario, tanto en lo referente a Inteligencia Emocional como a Resiliencia, más aún cuando trata la resiliencia de una manera, a mi modo de entender, tangible y con vías de desarrollo en uno mismo.
    Agradezco la publicación.
    Atte. Gloria Rebolledo Moya

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