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Cecilia Martínez: «La empresa ciudadana plantea un paradigma de construcción de una sociedad mejor»

 

Impulsadas por las exigencias de los cambios sociales, económicos y medioambientales, las empresas están llamadas a desempeñar un papel relevante en la Agenda 2030. ¿Cómo son las empresas contemporáneas que necesitamos? Esta es la cuestión que le hemos planteado a la profesora Cecilia Martínez Arellano, docente e investigadora del Centro de Ética Aplicada de la Universidad de Deusto. Es coautora del libro ‘Adecuación ética: un desafío empresarial. Proceso de adecuación ética y su metodología’, una propuesta para repensar el papel de la empresa, una transición hacia la empresa ciudadana.

Rocío Celis. Periodista y socióloga

 

 

¿Cómo surge el concepto ‘empresa ciudadana’?
‘Ciudadanía empresarial’ surge en el último tercio del siglo XX y nace de la práctica de las empresas que en cuestiones de responsabilidad social empresarial han ido por delante. Y el concepto ‘empresa ciudadana’ surge a partir del año 2000 ante las malas prácticas de empresas que, teóricamente, tenían implementados buenos sistemas de responsabilidad social y se reconocían a ellas mismas como ciudadanas. ‘Empresa ciudadana’ nace para animar a las empresas a repensarse ellas mismas, a no poner tanto el foco en lo que hacen, sino en lo que son —sin olvidar lo que hacen, claro—. Más que pensar en los resultados y el comportamiento de la empresa, se trata de pensar en cómo podemos trabajar nuestro carácter empresarial para que esos buenos comportamientos surjan de manera espontánea en las personas y equipos que forman parte de ella.

Habla de «ser empresa». ¿Se refiere a un nuevo modelo de empresa?
El mercado está cambiando. Recientemente, un artículo publicado en The Economist se preguntaba si está desapareciendo la economía de mercado y estamos volviendo a economías más domésticas. Las empresas también han cambiado en las últimas décadas. Lo que propone el concepto ‘empresa ciudadana’ es una nueva manera de pensar en la empresa como una ciudadana más, que ayude a repensar quién es la empresa, qué debe ser y cómo puede llegar a serlo. No sé si es tanto un nuevo modelo como una invitación a dar pasos para adaptarnos mejor al tiempo que nos viene en este mundo tan complejo y cambiante.

¿Qué distingue a una empresa ciudadana de una empresa tradicional?
Convencionalmente, pensamos en las empresas como actores económicos, dando por supuesto que la lógica del mercado es la que es y que no puede cambiar. Sin embargo, una empresa ciudadana está pensando que su papel no es solamente económico, contribuye, con y a través de su proyecto, a mejorar las condiciones sociales y en eso está la prosperidad que aporta, pero también las condiciones de justicia que es capaz de generar en la sociedad o el cuidado del medioambiente que nos proporciona. Y, fundamentalmente, se distingue de la tradicional en que no da por supuesta la lógica del mercado, o sea, ganar dinero y competir no es el paradigma con el que trabaja; lo que plantea es una transición a un paradigma de colaboración y construcción de una sociedad mejor.

Si se mira más allá de la cuenta de resultados, ¿qué oportunidades se abren para las organizaciones que transitan hacia esta forma de ser empresa?
Esta transición ya la hemos empezado, hoy día es muy rara la empresa que en su estrategia no tenga cosas más allá de beneficio económico. ¿Qué empresa no tiene una iniciativa para promover el cuidado del medioambiente o trata de establecer buenas relaciones con su contexto? La sociedad nos está pidiendo eso y lo estamos incorporando. Creo que la principal oportunidad está en que la empresa se sitúa ante esas exigencias con una mirada más prospectiva, se anticipa, y en ese caso no le pillará fuera de juego. Las empresas que más se dispongan a dar respuesta a las necesidades sociales que emergen serán las que estarán más preparadas. Si miramos a lo que ha pasado en las últimas décadas con las cuestiones ambientales, de género o incorporación de personas con discapacidad, las empresas que se adelantaron y fueron capaces de identificar que eso acabaría siendo una exigencia social, lo vivieron como una oportunidad y hoy en día están más preparadas para responder a lo que se ha convertido en un estándar.

 

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¿Cualquier empresa está llamada a ser empresa ciudadana?

Pienso que sí. Algo que aporta este modelo es que, al centrarse en quién es la empresa y en su responsabilidad en función de su naturaleza —lo que es, lo que hace y las capacidades que tiene—, es adecuado para cualquier tipo de empresa porque esta propuesta lo que le plantea a la empresa es que piense qué capacidades tiene y que se incorpore a la sociedad en la medida en que pueda con su tamaño, para tratar de entender mejor quién es y qué puede aportar a los retos sociales en el lugar en el que opera.

¿Cómo se aterriza esta propuesta? ¿Cuál es el método?
Hay algunas condiciones previas. La empresa y las personas que trabajan en ella —especialmente, quienes las dirigen— tienen que tener esa vocación: ser organizaciones que contribuyen a la sociedad, con y a través de su proyecto. La metodología de adecuación ética que presentamos en el volumen segundo de nuestra biblioteca de ética empresarial habla de ese método. El primer paso sería el ejercicio de autocomprenderse como empresa, reflexionar sobre lo que llamamos el «triángulo ético» que plantea a la empresa tres grandes preguntas. Primero, ¿qué debe ser esta empresa? —qué nos está pidiendo la sociedad, qué exigencias tiene nuestro sector—. La segunda tiene que ver con ¿quién quiere ser la empresa? —qué quiere hacer—. Y la tercera pregunta es, de hecho, ¿qué somos y qué hacemos? Habitualmente, cuando hacemos planificaciones estratégicas nos planteamos las dos segundas preguntas. Pero aquella que tiene que ver más con un planteamiento ético, es decir, cuál es el deber ser de nuestra organización, cuáles son las exigencias morales y prácticas que se nos hacen desde la sociedad, suele ser una pregunta más oculta. Para ello, el proceso de adecuación ética ayuda, nos da estrategias, herramientas prácticas y metodologías para poder preguntarnos sobre esa dimensión ética que puede orientar las respuestas en las otras dos.

Usted insiste en la necesidad del convencimiento personal para creer en una propuesta de estas características. ¿Cómo se logra el compromiso de las personas que integran la organización? ¿Quiénes han de implicarse?
Todas las personas, y aquellas que lideran son críticas en este proceso. Esto es un cambio cultural, es una transformación de la mentalidad de la empresa y de la sociedad. La sociedad también tiene que cambiar la manera de ver las empresas y qué les pide. Entonces, una dinámica clave en este proceso de transición es la dinámica cultural: cuál es nuestro propósito. Esa vocación de ser empresa ciudadana tiene que ser un consenso dentro de la propia empresa. De manera que todas las dinámicas de desarrollo organizativo —modelos de liderazgo, principios, estructuras, tomas de decisión…— tienen que estar impregnadas de los valores de la ciudadanía, y por eso es importante que cuando la empresa plantee sus dinámicas de equipo incorpore a todas las personas. En la medida en que seamos capaces de construir un agente colectivo que tenga el compromiso con ese propósito de ciudadanía, la empresa podrá transitar hacia ser una ciudadana. Obviamente, para ello tiene que participar la primera línea de dirección, también mandos intermedios y, en la medida de nuestras posibilidades, que las personas de la base de la empresa puedan plantear las cuestiones sociales y ambientales que les preocupan y en las que la empresa puede implicarse.

¿Y del lado de la sociedad?
Las investigaciones revelan que el papel de la sociedad es clave. Cuando en la sociedad hay dinámicas, organizaciones y valores culturales que favorecen la participación de la empresa, eso es más posible. Ejemplos claros: el Centro de Ética Aplicada ubicado en Euskadi. Euskadi tiene una cultura de colaboración muy importante y una cultura de gestión muy desarrollada vinculada, incluso, a procesos políticos. El Gobierno vasco favorece que haya foros empresariales; tiene políticas de innovación, de construcción y apoyo de clústeres empresariales; tiene una organización —Euskalit— que promueve la implantación del modelo de gestión avanzada, que ahora está muy volcada en la Agenda 2030; tiene un modelo cooperativo y una sociedad civil organizada que tiene foros de diálogo e intercambio. Entonces, esa facilidad para hablar con otras empresas, con otros actores sociales y políticos, es algo que favorece a las empresas que en Euskadi están tratando de hacer este cambio. Algunas de las empresas que participan en nuestro foro de ética y empresa lo dicen: «participar en este foro nos ha abierto los ojos», «no hacemos prácticas de gestión distintas, sino que las abordamos desde otra perspectiva». O sea, la sociedad favorece que la empresa cambie y cuando las empresas cambian, la sociedad cambia. Foros como este —Foroe— son claves.

¿Y las empresas que aún son reticentes a asumir este cambio?
Lo primero que les diría es que vean lo rápido que cambia la sociedad. Hay cosas que hoy son válidas y dejan de serlo al momento siguiente, solo hay que mirar a lo que pasó durante la pandemia o lo que está pasando con las exigencias del movimiento feminista. Las cosas cambian de la noche a la mañana y ya nadie ve legítimo que una empresa no asuma cuestiones tan básicas como que tanto los hombres como las mujeres puedan conciliar, y esto hace cinco o seis años no era tan evidente. Asumir este cambio supone que la empresa se dota, como sujeto colectivo, de capacidad para identificar las demandas sociales y eso le hará más ágil para responder a ellas. Si no me doto de esa agilidad, no voy a ser capaz de responder y, además, sabiendo que este es un cambio que se pone al servicio del bien común en el momento de crisis ecosocial que estamos viviendo. Dotarnos como empresa de esa capacidad de identificar los cambios y de dar respuesta es algo que va a ser una exigencia o un estándar. Quienes no seamos capaces de hacerlo, vamos a desaparecer.

¿Por qué esta propuesta es una realidad y no una utopía?
Es una utopía que conecta con otra utopía que genera consenso que es la Agenda 2030: no dejemos a nadie atrás, construyamos una sociedad en la que sea compatible la prosperidad económica, la cohesión social y el cuidado del medioambiente. En este sentido es una realidad porque es un sueño que comparte la sociedad y una exigencia que la ciudadanía está pidiendo a los Gobiernos y a las empresas. Y, luego, también creo que es una realidad porque hay empresas que ya están comprometidas con esa utopía. Esto es lo que tiene la utopía, que nos ayuda a ponernos en camino y hay empresas que ya están en esa onda: cómo hacemos de nuestra actividad una contribución social, económica y ambiental que sea posible y que construya el mundo que queremos dejar a nuestros nietos. En este sentido, es una realidad.

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